Esta es la pregunta que nos hacemos habitualmente muchos oriolanos. Y es que sorprende vivir en una ciudad que parece no ser gobernada por nadie, en la que te das cuenta de que existe una alcaldesa gracias a las procesiones de Semana Santa. Pero, ahora que han terminado, ¿dónde está nuestra alcaldesa?, ¿lo sabe su equipo? ¿Lo sabe la propia Lorente?
Ni se le veía antes, ni se ve el pelo ahora. Delega en sus Concejales la responsabilidad que se le debe atribuir a ella. Delega casi todas sus obligaciones por miedo a demostrar que no sabe cumplirlas, y olvida siempre que ella es la cabeza de ese quipo que “hace” su “trabajo”. Se ha convertido en una mujer inaccesible, cuya presencia acaba resultando algo excepcional. Esto me hace pensar que su intención es aparecer en público lo menos posible para reducir al máximo las posibilidades de cometer un error, manteniendo así intacta su imagen de cara al público como una mujer correcta y perfecta. Pero se equivoca. El error es precisamente no querer cometer errores, y esconderse para ello. Los ciudadanos quieren ver a sus gobernantes, quieren oírlos, notar que se preocupan y que están ahí. El problema surge cuando no existen esos gobernantes, porque no gobiernan: juegan; cuando no se les oye, porque no tienen qué decir si no es ante un juez; o cuando esos gobernantes se preocupan de su “pueblo particular”, de sus amigos y socios, y no de todos los oriolanos.
Esa es la imagen que tenemos muchos ciudadanos de nuestro “gobierno”, son sólo un equipo de fantasmas. Espectros que deambulan por las calles de la que creen “su” ciudad, y que sólo ven unos pocos en alguna inauguración. Yo quisiera tener un gobierno que no temiera a sus gentes, que fuera valiente, que demostrara amor a su tierra. No quiero una alcaldesa que salgan al balcón a hablar a su pueblo, quiero una alcaldesa que salga a la calle para hablar con su pueblo.
Aquellos que no dejan un resquicio por el que filtrar la luz y la esperanza, esos cobardes fantasmas, estarán fuera de los despachos algún día. Algunos sentados en banquillos, otros llamando a sus amigotes para que les den un trabajo. El pueblo no sabe dónde se esconde esa alcaldesa que no conoce a su ciudad, y creo que tampoco ella lo sabe. Sin embargo, y con toda la razón del mundo, el pueblo si que conoce cuál será el destino de esa mujer: el que se está ganando a pulso.
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